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¿En Cuál Momento Llega Uno a Ser Salvo?"
“La Oración de Salvación”
“Si usted acepta el mensaje de salvación de Dios, el Espíritu Santo vendrá sobre usted y le hará nacer espiritualmente de nuevo… Puede llegar a ser un hijo de Dios orando a Él ahora mismo mientras le voy guiando”. Este concepto es una expresión de un camino popular a la salvación que es proclamado extensamente. La invitación suele ser similar al siguiente anuncio:
Sigue estos Pasos:
1. Usted necesita ser salvo.
2. Usted no puede salvarse a sí mismo. [Efesios. 2:8-9 citado]
3. Dios nos ama lo suficiente para proveer salvación. [Juan 3:16 citado]
4. Por la fe crea a Jesús y acéptelo. [Hechos 16:31; Romanos 10:9 citados]
Si le gustaría invitar a Jesús a entrar en su vida, repita esta oración… [Oración dada]
Si ha dicho esta oración, nos gustaría saberlo. Favor de contactar nuestra oficina en…
He aquí un ejemplo de tal oración escrita al final de un tratado:
Querido Dios, Yo sé que soy un pecador y no puedo salvarme. Pero sí creo que Tú me amas, y que Tú enviaste a Tu Hijo, Jesús, para morir en la cruz por mis pecados. Aquí y ahora mismo, pido que Tú me perdones por cada uno de mis pecados y que me des el don de vida eterna. Gracias, querido Dios, por escuchar y contestar mi oración y por darme la vida eterna como Tú prometiste hacer. Amén.
Muchas personas creen que la salvación se obtiene por hacer una decisión de “recibir a Cristo” en oración. Como alguien lo expresa en otro lugar: “Si en su mente tiene alguna duda en cuanto a si alguna vez invitó a Jesucristo a entrar en su vida, lo insto a que se ponga de rodillas ahora mismo y le pida que lo salve”. Las variaciones son muchas, pero la esencia es la misma: “Acepte a Cristo… Crea y ore esta oración”.
Lo que el Asunto No Es
Antes de examinar “la oración de salvación” y considerar la alternativa para esa oración, tenemos que entender claramente lo que el asunto aquí no es —con relación a los creyentes de la biblia.
La sangre de Jesús no es el asunto aquí. Hay religiones y hasta iglesias que enseñan una salvación sin sangre, sin incluir las que no creen en ninguna clase de salvación personal. Sin embargo, virtualmente todos los que aceptamos la Biblia como la inspirada Palabra de Dios estamos completamente de acuerdo que “sin derramamiento de sangre no hay perdón” (Hebreos 9:22). Esto no es el asunto en este folleto. Todos estamos de acuerdo que “Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras” (1 Corintios 15:3). Estamos de acuerdo en que Jesús es el único Salvador.
La gracia no es el asunto aquí. Los que aceptan la tradición al mismo nivel que la Biblia quizás no piensan mucho en la gracia. Sin embargo, la mayoría de nosotros que aceptamos la Biblia como la única fuente autoritativa de doctrina divina estamos de acuerdo que aparte de la gracia de Dios no hay salvación. El hombre no puede salvarse a sí mismo: “No hay justo, ni aun uno… por cuanto todos pecaron… Todos son justificados gratuitamente por Su gracia” (Romanos 3:10, 23-24). Estamos de acuerdo de que “la paga del pecado es muerte, pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23). En otras palabras, la segunda muerte —el lago de fuego eterno— es lo que todos merecemos; es lo que nos ganamos. La salvación, por otro lado, nadie puede ganarla; nadie la merece, es un don de Dios. La gracia no es el asunto en este folleto. Para expresar estos primeros dos asuntos en otra manera: la parte de Dios en la salvación del hombre no es el asunto aquí.
La fe no es el asunto aquí. ¿Quién podría argumentar contra uno de los versículos mejores conocidos de la Biblia? “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él, no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Juan 3:16). Hebreos 11:6 nos dice “Y sin fe es imposible agradar a Dios”. El evangelio de Jesucristo es “el poder de Dios para la salvación de todo el que cree, del judío primeramente y también del griego” (Romanos 1:16). Pablo, por el Espíritu, escribió a los hermanos y hermanas en Éfeso acerca de Cristo, la gracia, y la fe:
A fin de poder mostrar en los siglos venideros las sobreabundantes riquezas de Su gracia por Su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque por gracia ustedes han sido salvados por medio de la fe, y esto no procede de ustedes, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe (Efesios 2:7-9).
Somos salvos “por gracia… por medio de la fe” por lo que Jesús ha hecho por nosotros. Aparte de Jesús, Su sangre, Su gracia, y la fe no hay salvación. Ninguna de estas verdades está en cuestión en este folleto.
¿Cuál Es el Asunto?
El asunto en este folleto no se trata de la parte de Jesús en nuestra salvación; el asunto tiene que ver con nuestra parte. ¿Qué se nos requiere para que la gracia de Dios y la sangre de Jesús se puedan aplicar a nuestras vidas? Todos estamos de acuerdo que los pecadores tienen que creer—tienen que tener fe. Sin embargo, ¿es la fe por sí sola suficiente? ¿Jesús llega a ser mi Salvador al yo sencillamente creer que lo es? ¿Es la salvación basada solamente en lo que la mente acepta como verdad? ¿Puedo obtener la salvación al sencillamente invitar a Jesús a entrar en mi corazón?
El asunto en este folleto es si la fe sola es una respuesta suficiente de parte del pecador para obtener la salvación. ¿Viene la salvación en el momento que uno cree? ¿Toda clase de fe salva? Si no, ¿qué clase de fe o que grado de fe salva? ¿Hemos escuchado todo lo que es esencial para la salvación cuando leemos, “Cree en el Señor Jesús, y serás salvo” (Hechos 16:31)?
El asunto en este folleto es identificar el momento que una persona cambia de ser una persona no salva a una persona salva. ¿Exactamente cuándo y cómo nace una persona de nuevo? ¿En qué punto en la vida de una persona puede él o ella decir, “ahora soy cristiano”? ¿Cuál es el momento preciso que los pecados pasados de la persona son perdonados, dando a esa persona una página limpia con la cual puede comenzar una nueva vida en Cristo? ¿En qué punto de la vida de una persona Dios declara que esa persona es justificada, redimida, y perdonada? Este es el asunto.
La Doctrina de “la Fe Solamente”
La enseñanza más popular entre creyentes de la Biblia hoy día es que somos salvos por la fe solamente. Es común leer un tratado o ver un predicador por televisión declarando que una persona no puede salvarse por la religión, membresía en una iglesia, una buena vida, el bautismo, los diez mandamientos, o el amor hacia el prójimo. Antes bien, se nos dice que es sencillamente asunto de creer, aceptar el sacrificio de Jesús por nuestros pecados e invitar a Jesús a nuestros corazones. Muchos enseñan que hay solamente dos pasos hacia la salvación: oír y creer.
El concepto de hoy de la “fe solamente” le debe gran parte de su impulso a Martín Lutero. Mientras Lutero estudiaba la Biblia, especialmente el libro de Romanos, se hacía más y más consciente de las falsas doctrinas y prácticas por las cuales los católicos romanos intentaban ganar su salvación por las obras. Estas obras incluían tales doctrinas y prácticas como indulgencias, veneración de las reliquias, los sacramentos, misas para los muertos, peregrinaciones, el purgatorio, la penitencia, y la intercesión por “los santos”, especialmente “la virgen”. Lutero vio claramente en la Palabra de Dios, que había sido virtualmente cerrada por siglos, que no podemos salvarnos a nosotros mismos. Vio que la salvación es por la gracia y se puede obtener por fe en la obra redentora de Jesús en la cruz.
Sin embargo, Lutero llevó esta verdad, nuevamente descubierta, al extremo opuesto. Como sucede muchas veces en tales circunstancias, el péndulo giró al otro extremo. La conclusión de Lutero no fue sencillamente que somos salvos por la fe, sino que somos salvos por la fe solamente. Tan convencido estaba de esta nueva idea que se atrevió a añadir la palabra “solamente” al texto de la Biblia. Sin ninguna evidencia de ninguna clase de los manuscritos en el idioma griego, se atrevió a alterar la Palabra de Dios. Romanos 3:28 lee: “Concluimos que el hombre es justificado por la fe aparte de las obras de la ley”. Lutero lo cambió para que leyera, “justificado por la fe solamente”. Algunas versiones modernas han seguido el ejemplo de Lutero. Es más, Lutero menospreció el libro de Santiago como una “epístola de paja” porque declara: “Ustedes ven que el hombre es justificado por las obras y no solo por la fe” (Santiago 2:24, itálicas mías). ¡No estaba de acuerdo con el único texto en toda la Biblia que usa las palabras “fe” y “solo” en relación con la salvación!
Es cierto que Lutero vio que la fe era más que una persuasión de la existencia de Dios, y más que un asentimiento mental con la enseñanza de la Escritura. Para Lutero la fe era más que una fe simplista que envolvía la mente sin traducirse en una vida cambiada. Para él, la fe incluía más que el elemento intelectual. La religión popular de hoy día muchas veces diluye el concepto de Lutero hasta el punto de que lo que se enseña y lo que se practica no tienen nada que ver con lo que él tenía en mente. La triste realidad es que muchos creyentes han agarrado el “solamente” de Lutero, pero les falta la profundidad de fe de Lutero. Lutero sirvió muy mal a la humanidad al añadir “solamente” a Romanos y al quitar la epístola de Santiago de las Escrituras autoritarias. El hecho de que encontró necesario abiertamente revisar la Biblia es suficiente evidencia para demostrar que algo faltaba en el entendimiento de Lutero.
Aun presumiendo que Santiago sea una “epístola de paja” y que sea removida de la Biblia, la Biblia sigue enseñando que tenemos que hacer algo para ser salvos. De hecho, el Maestro declaró que la misma fe era una obra. Cuando la gente preguntó, “¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios?” Jesús respondió: “Esta es la obra de Dios: que crean en el que Él ha enviado” (Juan 6:28-29). Además, Jesús declaró: “No todo el que me dice: ‘Señor, Señor’, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de Mi Padre que está en los cielos” (Mateo 7:21). Invocar a Jesús no es suficiente para la salvación. Jesús dice que también tenemos que hacer la voluntad de Dios. ¿Serán las palabras de Jesús paja también? ¡De ninguna manera! ¿Enseñaba Jesús la fe? ¡Absolutamente! ¿Enseñaba la fe solamente? ¡Absolutamente que no! ¿Enseñaba Pablo la fe? ¡Absolutamente! ¿Enseñaba la fe solamente? ¡Absolutamente que no! La epístola de Pablo a los Romanos comienza y termina con una referencia a “obediencia a la fe” (1:5; 16:26).
“Solamente” Pervierte la Verdad Divina
La Gracia: Ya se consideró nuestra necesidad para la gracia de Dios junto con nuestra necesidad de tener fe. Ambas verdades son abundantemente claras en las Escrituras. Sin la gracia no hay salvación; sin fe no hay salvación. Sin embargo, cuando se añade “solamente” a estas declaraciones, resulta en confusión. A menudo la declaración dual se dice de que somos salvos por la fe solamente y por la gracia solamente. Esto es una contradicción en sí misma. Si somos salvos por la gracia solamente, la fe no es necesaria. Si somos salvos por la fe solamente, la gracia no es necesaria. Es un abuso del idioma decir que somos salvos por ambas y luego añadir “solamente” a cada una.
La muerte de Jesús: Es una cosa decir que somos salvos por la muerte de Jesús. Es muy diferente decir que somos salvos solamente por la muerte de Jesús. En 1 Corintios 15:3 Pablo afirma, “Cristo murió por nuestros pecados”. Sin embargo, el versículo 17 demuestra que no podemos añadir “solamente” al versículo 3. El versículo 17, escrito por inspiración dice: “Si Cristo no ha resucitado, la fe de ustedes es falsa; todavía están en sus pecados”. Sí, Jesús murió por nuestros pecados. Sin embargo, Su muerte no salva a nadie sin Su resurrección. Un salvador muerto no es ningún salvador. No nos atrevemos a añadir “solamente” a la santa Palabra de Dios.
Las cualificaciones para un obispo: Es una cosa decir que un obispo en la iglesia del Señor tiene que ser “marido de una sola mujer” (1 Timoteo 3:2). Es otra cosa decir que es el único requisito. Este texto de Timoteo da dieciocho requisitos para un hombre llegar a ser obispo. Decir que cualquiera de estos requisitos es el único requisito necesario es negar los otros diecisiete. El estar de acuerdo con aún 15 de los 18 es negar los otros tres. No nos atrevemos a tratar la Palabra de Dios en esta manera. La Biblia no es una cafetería de la cual uno puede elegir y escoger. Tenemos que recibir el menú completo.
La Fe: Es una cosa decir que somos salvos por la fe. Y es muy diferente decir que somos salvos solamente por la fe. Pablo por el Espíritu nos informa: “y si tuviera toda la fe como para trasladar montañas, pero no tengo amor, nada soy” (1 Corintios 13:2). La fe menos el amor no es nada. Unos pocos versículos más adelante Pablo concluye: “Y ahora permanecen la fe, la esperanza, el amor: estos tres; pero el mayor de ellos es el amor” (13:13). El amor es más grande que la fe. El apóstol Juan escribió: “Todo el que ama es nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no conoce a Dios” (1 Juan 4:7-8). La fe sin amor es vacía; no salva a nadie.
¿Qué quiere decir la Palabra cuando dice que no somos salvos por obras? Romanos 4 nos puede ayudar a entender: “Porque si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué jactarse, pero no para con Dios… Ahora bien, al que trabaja, el salario no se le cuenta como favor, sino como deuda” (4:2, 4). En estos versículos, Pablo está hablando de ganar la salvación. Habla de obras que merecen un salario. El mensaje de los primeros capítulos de Romanos es que todos somos pecadores, que nadie merece la salvación, que la salvación es un don de Dios, que no podemos ganar la salvación y que la salvación viene por medio de la fe en la obra de Cristo en la cruz. Ni siquiera nuestra fe nos hace merecer la salvación, de otra manera no habría necesidad para la gracia de Dios. La fe salva sencillamente porque Dios lo ha decretado, no porque al tener fe merecemos entrar al cielo. Tampoco nuestra obediencia nos ayuda a merecer la salvación. Somos salvos por gracia. Nada de lo que creemos o hacemos puede ameritar, merecer o ganar la vida eterna.
Cuando Pablo habló de la fe en la epístola a los Romanos, ¿quería decir la fe sola? ¿Quería decir que podemos desobedecer a Dios siempre y cuando creemos en Su Hijo? ¿Quería decir que el consentimiento mental es lo único que le importa a Dios? ¿Quería decir que nada importa excepto lo que creemos en el corazón? En Romanos 6:17, Pablo habla de la transformación que había tomado lugar en las vidas de los hermanos en Roma: “Pero gracias a Dios, que aunque ustedes eran esclavos del pecado, se hicieron obedientes de corazón a aquella forma de doctrina a la que fueron entregados” (itálicas mías). Luego en 10:9-10 el afirma: “que si confiesas con tu boca a Jesús por Señor, y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, y con la boca se confiesa para salvación” (itálicas mías). La fe que salva no se limita a la mente. Un texto hace referencia a obedecer doctrina, el otro hace referencia a expresar la fe “con tu boca… para salvación”. Romanos es un gran libro acerca de la salvación por fe; nunca fue un libro acerca de la salvación por la fe solamente. “Solamente” y “solo” pervierten la Palabra de Dios al exaltar verdades seleccionadas y al mismo tiempo minimizar otras.
Nadie Acepta “la Fe Solamente”
La discusión arriba, por sí sola, no trata con el asunto principal. La realidad es que nadie cree que la salvación sea por la fe solamente. La idea es repetida, defendida, y predicada. La idea es creída sinceramente. Sin embargo, la doctrina de “la fe solamente” y la práctica demuestran que el término “fe solamente” es un nombre equivocado. Aun los que enseñan la doctrina hacen declaraciones confusas como: “la salvación se recibe por la fe solamente, pero la fe salvadora no se queda sola”.
Los que enseñan la salvación por la fe solamente están muy de acuerdo que no toda clase de fe salva. Por eso hablan mucho de “fe salvadora”. Un caso de fe defectuosa se ve en ciertas personas con influencia a las cuales Juan hace referencia: “Muchos, aun de los gobernantes, creyeron en Él, pero por causa de los fariseos no lo confesaban, para no ser expulsados de la sinagoga” (Juan 12:42). Ellos “creyeron en Él, pero…” Para describir esta fe deficiente, uno podría expresar que su fe no era suficientemente fuerte. Otro podría expresar que no combinaron su fe con acción. Y otro podría expresar el punto de vista que tenía una fe mental, pero les faltaba confianza. Algunos clarificarían que hay diferentes clases de fe, otros que hay diferentes grados de fe, otros que tenemos que considerar lo que se tiene que añadir a la fe, otros que tenemos que tomar en cuenta lo que se incluye en la fe salvadora.
De cualquier manera que una persona quiera expresarlo, hay un acuerdo general entre todos los creyentes de la biblia de que necesitamos más que una fe simplista, más que una aceptación intelectual de la verdad de la Biblia, y más que un reconocimiento de que Jesús murió por nuestros pecados. La fe que no produce ningún cambio en la vida es insuficiente; una fe que nunca se expresa le falta algo; una fe que no motiva a la acción no cumple los requisitos de Dios. Las siguientes cosas específicas podrían ayudar a clarificar estos conceptos.
El Arrepentimiento: A pesar de que no se expresa a menudo, muchos que sostienen la doctrina de fe solamente están de acuerdo que no puede haber salvación sin arrepentimiento. Están de acuerdo con esto, aunque el arrepentimiento no se menciona en la mayoría de las Escrituras que enseñan salvación por la fe. Se hace la explicación de que el arrepentimiento es parte de la fe salvadora o que la fe y el arrepentimiento son lados opuestos de la misma moneda. Se presume que tenemos que arrepentirnos porque Jesús lo manda en Escrituras como Lucas 13:3: “si ustedes no se arrepienten, todos perecerán igualmente”. Esta presunción está muy correcta. Absolutamente tenemos que ver otros versículos además de los que hablan de la fe.
Sin embargo, una vez se incluyen otros versículos y el arrepentimiento se acepta como requisito para perdón de los pecados, la salvación ya no es por la fe solamente —creer con la mente es insuficiente. La fe de la persona tiene que ser suficientemente real y fuerte para producir un cambio de comportamiento. Cualquier cosa menos que esto levanta dudas acerca de lo que la persona en verdad cree. Por supuesto, el arrepentimiento tiene que estar basado en la fe y motivado por la fe; tiene que ser una expresión de fe. En cualquier manera que una persona quiera explicar la relación entre la fe y el arrepentimiento, una sin el otro es inaceptable para Dios. Aun si una persona quiere explicar que esa fe salvadora incluye el arrepentimiento, ha hecho que “la fe salvadora” sea más que “fe solamente”.
El invocar el nombre del Señor: El punto de vista de la “fe solamente” se defiende frecuentemente al citar Romanos 10:13: “Todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo”. Amén. Tenemos que reconocer que Jesús es el Señor. Tenemos que mirar a Él para la salvación. Invocar al Señor es poner nuestra fe en acción. Pablo siguió esa declaración con una serie de preguntas retóricas sobre este mismo asunto:
¿Cómo, pues, invocarán a Aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en Aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no son enviados? (Romanos 10:14-15).
Cinco pasos están envueltos para producir salvación: enviar, predicar, oír, creer, e invocar. Cuando una persona oye, puede creer o no creer. Cuando una persona cree, puede invocar o no invocar. Esto no es “fe solamente”. Sólo aquellos que invocan el nombre del Señor serán salvos. Invocar es una demostración de la fe. Solamente los que demuestran su fe serán salvos. La fe sola no salva. En verdad nadie cree que la fe sola salva.
La Oración de Salvación: ¿Por qué los sermones terminan con una invitación para “orar esta oración conmigo”? ¿Por qué tantos tratados terminan con la oración del pecador? Si la salvación es por la fe solamente, ¿por qué la oración? ¿Podría ser que a pesar de que los predicadores repiten las palabras de la “fe solamente”, en lo más interior de su ser reconocen que todos necesitamos actuar sobre nuestra fe? ¿Podría ser que profundamente, su sentido común, o aún el “sentido de las Escrituras”, les dice que tiene que haber alguna clase de respuesta visible, que la salvación no puede ser un asunto totalmente privado, y que la gente tiene que hacer algo? Una fe que no se expresa es una fe insuficiente.
Jesús está de acuerdo que los pecadores tienen que hacer algo. Sin embargo, Jesús no dijo, “El que crea y diga la oración del pecador será salvo”. ¡Nunca! Jesús dijo, “El que crea y sea bautizado será salvo” (Marcos 16:16). ¡Los hombres han sustituido la oración del pecador por el bautismo del pecador! En Hechos 2, lea el registro de la primera vez después de la muerte, resurrección, y ascensión de Jesús que el evangelio en su plenitud fue predicado. Pedro no invitó a la gente a pasar al frente para orar con él. ¡De ninguna manera! Sin embargo, Pedro, como los predicadores modernos, sí esperaba una respuesta visible de sus oyentes. No hay nada malo en eso. Sin embargo, la respuesta visible que el apóstol inspirado requirió fue: “sean bautizados cada uno de ustedes en el nombre de Jesucristo para perdón de sus pecados, y recibirán el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:38). “Entonces los que habían recibido su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como 3,000 almas” (2:41).
¿Por Qué el Bautismo?
El bautismo no es arbitrario. Dios no escogió cualquier cosa. El simbolismo en el bautismo es muy impresionante. El acto físico de inmersión en agua representa una muerte, un entierro, y una resurrección. El significado es doble. El bautismo representa la muerte, sepultura, y resurrección de Cristo Jesús, quien es el único que nos puede perdonar los pecados. El bautismo también representa lo que sucede espiritualmente a la persona en el momento del bautismo. Una persona que ha muerto al pecado entierra el “viejo hombre” de pecado en la sepultura de agua, entonces resucita del agua para andar en vida nueva.
De la misma manera que Jesús enseñó que “El que crea y sea bautizado será salvo” (Marcos 16:16), así también enseñó que uno tiene que nacer “de agua y del Espíritu” (Juan 3:5). No hace falta pensar mucho para reconocer que nacer de nuevo, por un lado, y pasar de muerte a vida por otro, son dos figuras parecidas que vívidamente hacen referencia al mismo proceso. En un caso, la conversión se figura como un nuevo nacimiento. En el otro caso, la conversión se figura como una muerte, sepultura, y resurrección. En ambos casos, se declara que la conversión es el comienzo de una vida nueva.
Esta realidad espiritual, por supuesto, es invisible. Es asunto de fe en la palabra de Dios. Lo mismo es cierto de la muerte de Jesús por nuestros pecados. Su muerte fue visible para las personas presentes; sin embargo, el propósito de la muerte de Jesús no se podía ver con los ojos físicos. Es asunto de fe que Él murió por nuestros pecados. De la misma manera el bautismo en agua se puede ver por las personas presentes, pero es un asunto de fe que la inmersión en agua es el momento en que los pecados son perdonados y la vida nueva comienza.
El apóstol Pablo no vio ninguna contradicción entre 1) la fe como la base de la salvación y 2) el bautismo como el momento que la salvación llega con una vida nueva. En la misma epístola a los Romanos que enseña salvación por la fe, Pablo escribió:
Nosotros, que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? ¿O no saben ustedes que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en Su muerte? Por tanto, hemos sido sepultados con Él por medio del bautismo para muerte, a fin de que como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida… Sabemos esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado con Cristo (Romanos 6:2-4, 6, itálicas mías).
Bautizados en Su muerte. Jesús murió por nuestros pecados. El derramó Su sangre en la cruz por nuestros pecados. ¿Cómo hacemos contacto con Su sangre y con Su muerte? Pablo dice que somos “bautizados en su muerte”. Hacemos contacto con Su muerte en el agua. Recuerde que Jesús estaba muerto cuando lo enterraron. Aunque aparenta ser obvia y simplista, lo mismo tiene que pasar con nosotros. Tenemos que morir al pecado —el viejo hombre de pecado tiene que ser crucificado— antes de que seamos enterrados. La doctrina de la fe solamente enseña que el bautismo es uno de los primeros actos de obediencia después de que una persona ha nacido de nuevo. Sin embargo, el entierro no es para los que están vivos; el entierro es para los que están muertos.
Pablo describió la relación entre la fe y el bautismo en Colosenses 2:12-13: “Sepultados con Él en el bautismo, en el cual también han resucitado con Él, por la fe en la acción del poder de Dios… habiéndonos perdonado todos los delitos” (itálicas mías). Un pecador está muerto en pecado (Efesios 2:1). La persona muerta tiene que ser sepultada.
Una vez enterrada en el sepulcro de agua, las personas “han resucitado con Él, por la fe en la acción del poder de Dios”. El bautismo bíblico no es una obra de mérito de nuestra parte; el texto dice que Dios es el que hace la obra. Nuestra parte es tener fe en Su obra. Dios promete perdonar nuestros pecados en el bautismo cuando lo hacemos por la fe. Si uno es bautizado sencillamente para hacerse miembro de una iglesia, la acción no está basada en una fe en la obra de Dios por el bautismo; y por tanto no tiene sentido. Puesto que un infante no tiene la capacidad para tener fe, el bautismo de un infante no tiene sentido tampoco. Muchas personas que creen que son salvos sin bautizarse, luego se bautizan sencillamente para obedecer el mandamiento de Jesús. Sin embargo, tal acción destruye el significado verdadero del bautismo; la persona no tiene fe en la obra de Dios para perdonar pecados en el momento de bautizarse. El bautismo bíblico es un acto de fe en el poder salvador de la muerte de Jesús de parte de un pecador perdido que en ese momento se une con la muerte de Jesús.
El bautismo no es una obra de mérito, de hecho, ni siquiera es una obra de parte de la persona siendo bautizada. Con relación al aspecto físico, cuando somos bautizados no hacemos nada; entregamos nuestros cuerpos a otro que hace el trabajo. Al mismo tiempo, espiritualmente, entregamos nuestra alma a Jesús, y confesamos que no podemos salvarnos a nosotros mismos – solo Él puede hacerlo. Cuando somos bautizados según las Escrituras, estamos confesando que no merecemos nada, y admitimos que no somos capaces de salvarnos a nosotros mismos, y confesamos nuestra necesidad de ser salvos por Cristo.
Muy lejos de ser una obra de mérito, el bautismo es un acto de fe profunda. Esta tiene que ser la razón por la cual muchos tropiezan en él. De la misma manera que muchas personas mundanas tienen dificultad con aceptar el sacrificio de sangre como medio de perdón de pecados; también muchas personas religiosas tienen dificultad con aceptar que el agua tenga algo que ver con la salvación. Los primeros quieren salvarse sin sangre, los últimos sin agua. Sin embargo, las Escrituras enseñan que en el bautismo somos sepultados con Jesús, somos “bautizados en Su muerte”, y así contactamos la sangre. En el momento del bautismo, nacemos “de agua y del Espíritu” (Juan 3:5). Décadas después de que Jesús habló estas palabras, el apóstol Juan escribió por inspiración: “Y tres son los que dan testimonio en la tierra: el Espíritu, el agua, y la sangre, y los tres concuerdan” (1 Juan 5:7-8). Dios une la sangre con el agua.
Invocar el Nombre del Señor en Verdad
¿Qué significa —bíblicamente— invocar el nombre del Señor? Después de la ascensión de Jesús al cielo, ¿qué ejemplos tenemos en el Nuevo Testamento de personas que invocan el nombre del Señor?
El primer caso se encuentra en Hechos 2 sólo diez días después que Jesús regresó al cielo. Pedro, habiendo sido bautizado en el Espíritu Santo, predicó el evangelio, como un hecho cumplido, por primera vez en la historia. En su sermón citó un texto de Joel:
Y sucederá que todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo (Hechos 2:21).
Mientras Pedro predicaba, sus oyentes sintieron tanta convicción en sus corazones, creyendo todo lo que Pedro decía, que clamaron, “a Pedro y a los demás apóstoles: ‘Hermanos, ¿qué haremos?’” (Hechos 2:37). ¿Dijo Pedro, “No hay nada que pueden hacer; Jesús lo hizo todo”? No, no lo dijo. ¿Dijo Pedro, “Recibe a Jesús en tu corazón”? No, no lo dijo. ¿Dijo Pedro, “Repite esta oración conmigo?” No, no lo dijo.
¿Qué dijo Pedro? “Arrepiéntanse y sean bautizados cada uno de ustedes en el nombre de Jesucristo para perdón de sus pecados, y recibirán el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:38). ¿Qué hizo la gente? “Los que habían recibido su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como 3,000 almas” (2:41). Pedro primeramente le dijo a la gente que invocara el nombre del Señor para ser salvo. Luego dijo a los que creían que se arrepintieran y se bautizaran para ser salvos. Por tanto, la fe, el arrepentimiento y el bautismo tiene que ser la manera verdadera de invocar el nombre del Señor para ser salvo.
Si hay duda, Hechos 22:16 debe aclararlo todo. Este es el segundo caso donde las Escrituras específicamente nos dicen lo que personas hicieron para invocar el nombre del Señor para salvación. Hechos 22 contiene uno de tres registros de la conversión de Pablo; los otros se encuentran en Hechos 9 y 26. Cuando Pablo (llamado Saulo en ese momento) se encontró con Jesús en el camino a Damasco, Jesús le dijo, “Yo soy Jesús a quien tú persigues; levántate, entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer” (9:5-6). “Hacer” no es una palabra mala. Pablo le hizo directamente al Señor una pregunta con relación a “hacer”. Jesús le dijo dónde podía averiguar lo que debía hacer. Note que Jesús ni salvó a Pablo en ese momento, ni le dijo cómo ser salvo. Al contrario, Jesús le dijo a Pablo a dónde tenía que ir para recibir la contestación correcta a su pregunta vital.
Según Hechos 9:8-12, Pablo fue a Damasco y ayunó y oró por tres días, y recibió otra visión. Cuando Ananías llegó, él contestó la pregunta con relación a qué “hacer”. ¿Qué le dijo a Pablo que hiciera? “Levántate y bautízate, y lava tus pecados invocando Su nombre” (Hechos 22:16). Pablo ya había llegado a tener fe en el camino a Damasco. Pablo tiene que haberse arrepentido profundamente, pidiendo perdón a Dios durante esos tres días. Ahora a Pablo se le dijo lo que tenía que hacer para ser salvo. Pablo no dijo ninguna oracioncita de dos minutos pidiendo que Jesús entrara en su vida. ¡Había estado orando por tres días! Si la oración alguna vez fuera el momento para conseguir la salvación, ciertamente Pablo hubiera sido más que salvo antes de que Ananías llegara. Sin embargo, de la misma manera que Pablo no fue salvado ni por ver a Jesús, ni por su visión en Damasco, tampoco se salvó por tres días de oración y ayuno. Ananías había venido para decirle a Pablo que era tiempo de dejar de orar; era tiempo de “bautízate, y lava tus pecados invocando Su nombre”. En el bautismo uno invoca el nombre del Señor para salvación.
El bautismo no es un sacramento de mérito ni una obra de justicia por la cual uno gana la salvación. Por el contrario, es un acto humilde de obediencia, de rendirse para ser sumergido en la sepultura de agua. En el bautismo un creyente arrepentido está invocando al Señor para salvación por medio de la gracia, la misericordia, el amor, y la sangre de Jesús. Los dos casos en Hechos son los únicos ejemplos en las Escrituras que explican exactamente lo que es invocar el nombre del Señor. No hay ningún ejemplo de solamente orar una oración para invitar a Jesús a su corazón. Si una persona verdaderamente cree en Jesús y verdaderamente cree lo que Jesús dice, esa persona va a buscar y aceptar la salvación bajo los términos de Jesús, no bajo los términos de algún predicador popular. No solamente debemos creer el evangelio, tenemos que obedecerlo. Ninguna oración sincera puede hacer que el pecador sea exento de la “llama de fuego, dando castigo a los que no conocen a Dios, y a los que no obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesús” (2 Tesalonicenses 1:7-8). Las itálicas son mías, pero las palabras son del Espíritu Santo.
¿Cuán importante es entender todo esto? Escuche lo que el Salvador mismo dijo: “No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de Mi Padre que está en los cielos” (Mateo 7:21). Esto está en un contexto donde Jesús dice: “estrecha es la puerta y angosta la senda que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan” (7:14). Esto está en un contexto donde Jesús dice: “Cuídense de los falsos profetas” (7:15). Esto está en un contexto donde Jesús dice: “Todo el que oye estas palabras Mías y no las pone en práctica, será semejante a un hombre insensato que edificó su casa sobre la arena” (7:26). Invocar verbal o mentalmente al Señor Jesús no es suficiente. ¡Jesús lo dijo! Invitar a Jesús en el corazón de uno no es suficiente. Jesús dijo: “el que hace la voluntad de Mi Padre”. Por tanto, cuando la Escritura dice, “todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo”, tiene que entenderse en una manera más profunda y significativa que sencillamente pedir a Jesús que nos salve.
¿Nuestro Camino o el Camino de Dios?
Desde el principio de los tiempos, los hombres se han acercado a Dios a su propia manera. Antes de que Caín asesinara a su hermano, tuvo una confrontación directa con Dios. Llevó su propia ofrenda a Dios a su propia manera. “El Señor miró con agrado a Abel y su ofrenda, pero no miró con agrado a Caín y su ofrenda” (Génesis 4:4-5). No sabemos los detalles, pero ciertamente Caín y Abel los sabían. Lo que sí sabemos es que Caín llevó al Señor una ofrenda que el Señor no aceptó. Así, desde el principio de la Biblia, somos advertidos en contra de acercarnos a Dios bajo nuestros propios términos. Tenemos que acercarnos a Dios bajo Sus términos o de ninguna manera.
Esto es lo que Naamán tuvo que aprender. Naamán era un comandante en el ejército sirio. Sin embargo, tenía lepra y deseaba grandemente sanarse. Estaba dispuesto a viajar lejos para sanarse. Estaba dispuesto a pagar mucho dinero para sanarse. Sin embargo, no estaba dispuesto a humillarse para sanarse. A pesar de que sabía que no tenía poder para sanarse él mismo, y a pesar de que tenía fe que un profeta de un Dios extranjero podía sanarle, de todas maneras, tenía su propia idea preconcebida de cómo se debería llevar a cabo la curación. Estaba tan trancado en su propia idea y tan adverso a humillarse que llegó hasta el extremo de enojarse por la curación ofrecida. Se dirigió hacia su hogar sin haber sido sanado.
La curación ofrecida a Naamán fue sencilla: “Ve y lávate en el Jordán siete veces, y tu carne se te restaurará y quedarás limpio” (2 Reyes 5:10). Naamán tenía dos problemas con esta instrucción. Primeramente, por su orgullo nacionalista, consideraba los ríos de su país de nacimiento muy superiores a los de la tierra del enemigo Israel. Segundo, quería ser tratado con respeto. El profeta de Dios, Eliseo, ni siquiera había salido de su casa para saludar al comandante. Más bien, Eliseo había enviado un mensajero que le dijo a Naamán que se lavara siete veces en el Jordán. Nada de esto estaba de acuerdo con el concepto preconcebido de Naamán de cómo sucedería: “Yo pensé: ‘Seguramente él [Eliseo] vendrá a mí, y se detendrá e invocará el nombre del Señor su Dios, moverá su mano sobre la parte enferma y curará la lepra’” (5:11).
Afortunadamente para Naamán, tuvo unos siervos amables que se preocuparon suficientemente por su maestro que se atrevieron a retar su comportamiento irrazonable. Le dijeron, “Padre mío, si el profeta le hubiera dicho que hiciera alguna gran cosa, ¿no la hubiera hecho? ¡Cuánto más cuando le dice a usted: ‘Lávese, y quedará limpio’!” (5:13). A su crédito, Naamán escuchó a sus siervos razonables, abandonó sus prejuicios preconcebidos, se humilló, y fue y se lavó en el Jordán siete veces. Y, ¡fue sanado!
Hay un paralelo extraordinario entre el caso de Naamán y la situación moderna con relación a la salvación. Muchas personas hoy día reconocen que son pecadores perdidos, que no pueden curarse a ellos mismos, y que el “profeta de Israel”, Jesús, es el único que tiene el poder de transformar sus vidas. Sin embargo, como Naamán, estas personas tienen sus propias ideas preconcebidas de cómo pueden salvarse. Cuando se les dice que tienen que sumergirse en agua para tener sus pecados lavados, se molestan y dicen que ciertamente el agua no puede tener nada que ver con la salvación. Por otro lado, cuando un predicador les invita a pasar al frente de la sala y pone la mano sobre ellos para orar por su salvación, les gusta la idea y se sienten muy confiados de que Dios ha quitado sus pecados.
Un problema grave es que el perdón de pecados no se puede ver físicamente como ser limpio de la lepra. Por tanto, la gente se puede engañar fácilmente al pensar que, puesto que un gran predicador de Dios oró la oración del pecador con ellos, ciertamente sus pecados han sido perdonados. Se engañan hasta en sentirse perdonados. Sin embargo, los sentimientos no prueban la realidad; sino que los sentimientos son una reacción a nuestra percepción de la realidad. El patriarca Jacob se afligió de verdad cuando llegó a creer una evidencia falsa de que José había sido matado (Génesis 37:28-35). Nadie sugeriría que la tristeza de Jacob era una prueba de la muerte de José. De la misma manera, un sentimiento de ser perdonado no es una prueba de perdón. El perdón ocurre en la mente de Dios; es Dios quien dicta cuándo somos salvos. Por tanto, necesitamos la humildad que tuvo Naamán cuando sus siervos le hablaron. Necesitamos escuchar mientras un siervo de Dios nos lee la Palabra de Dios. Necesitamos humillarnos y venir a Jesús bajo Sus términos, no bajo nuestros términos, ni bajo los términos de un predicador famoso.
La rebelión terca de Naamán comenzó con estas palabras: “Yo pensé: ‘Seguramente…’” Esto especifica el problema. Confiaba en sus propias opiniones. Tenemos nuestras propias ideas preconcebidas. Pensamos que sabemos lo que Dios debe hacer. No obstante, como Dios declaró hace muchos años por medio de Isaías:
‘Porque Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes,
Ni sus caminos son Mis caminos’, declara el Señor.
‘Porque como los cielos son más altos que la tierra,
Así Mis caminos son más altos que sus caminos,
Y Mis pensamientos más que sus pensamientos’”
(Isaías 55:8-9).
El eje de toda nuestra relación con el Creador es moldear nuestros pensamientos a los pensamientos de Él.
¿Fue Naamán limpiado por obras de mérito? De ninguna manera. Fue limpiado cuando se humilló y tuvo suficiente fe en Dios para hacerlo en la manera de Dios. Las precondiciones de Dios son sencillamente una prueba de la fe y humildad de un hombre. Las Escrituras dicen del Salvador: “Aunque era Hijo, aprendió obediencia por lo que padeció” (Hebreos 5:8). ¿Captó eso usted? Nuestro querido Salvador que murió en la cruz por nuestros pecados estaba, en ese mismo hecho, aprendiendo obediencia. ¿Nos atrevemos a pensar que podemos aprovechar Su sacrificio salvador sin aprender la obediencia en nuestras vidas? De hecho, el sagrado texto continúa: “y habiendo sido hecho perfecto, vino a ser fuente de eterna salvación para todos los que le obedecen” (itálicas mías). El bautismo no es una obra humana para ganar la salvación. Al contrario, el bautismo de las Escrituras es el resultado de tener una fe suficientemente fuerte para humildemente obedecer a Jesús. El bautismo bíblico es el resultado de arrepentirse por hacer las cosas a nuestra manera en vez de a la manera de Dios.
La popular oración del pecador de hoy día es una representación de la manera que Naamán pensaba que se debía sanar. El arrepentimiento y el bautismo son una representación de la manera que Naamán en verdad fue sanado. “La oración de salvación” es el sustituto del hombre para el bautismo de un creyente. Jesús nunca dijo, “El que crea y ore, será salvo”. No obstante, sí dijo, “El que crea y sea bautizado será salvo”. Todos tenemos que decidir si vamos a tener fe en los predicadores o en el eterno Hijo de Dios.
La fe que es lo suficientemente fuerte para llevarnos a una obediencia humilde no es solamente una condición para recibir el perdón inicial, sino también una condición para permanecer en Cristo. Escuche al Espíritu Santo hablando por Pablo: “Así que, amados míos, tal como siempre han obedecido, no solo en mi presencia, sino ahora mucho más en mi ausencia, ocúpense en su salvación con temor y temblor” (Filipenses 2:12). ¿Es la salvación por la fe? ¡Absolutamente! ¿Se puede ganar la salvación? ¡Absolutamente que no! Sin embargo, la salvación ni se obtiene ni se retiene por una fe desprovista de humildad, arrepentimiento, obediencia, y amor. Fue el Salvador mismo que dijo: “No todo el que me dice: ‘Señor, Señor’, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de Mi Padre que está en los cielos… Cuídense de los falsos profetas” (Mateo 7:21, 15).
El Momento de Cambio
El bautismo, de por sí, no salva. Cristo salva. El agua, de por sí, no borra el pecado. La sangre de Cristo borra el pecado. El pecador tiene que creer en Cristo como Hijo de Dios, Salvador, y Señor. El pecador tiene que arrepentirse de todos sus pecados. Entonces, cuando tales pecadores bajan a las aguas son “bautizados en Su muerte… sepultados con Él… a fin de que como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida” (Romanos 6:3-4).
por David Vaughn Elliott
traducido por Jaffet Pérez, David L. Elliott, et. al.
Escrituras tomadas de la Nueva Biblia de las Américas (NBLA), Copyright © 2005 por The Lockman Foundation. Usadas con permiso. www.NuevaBiblia.com